Ahí estaba, la chica del vestido rojo y la chaqueta de cuero. Seguía leyendo su libro, sentada al final de la barra, ignorando a los moscones que se reunían a su alrededor. Varios habían dado ya el paso y ella los había espantado rápida y definitivamente solo con una sonrisa y cuatro palabras: No, gracias, estoy cogida. Álex pensó que ya había esperado bastante, era su turno de reclamar la pieza.

-Tienes pinta de estar esperando a alguien. ¿Un hombre quizá?- La chica del vestido rojo miró a Alexandra de arriba a abajo. Debió ver algo interesante, ya que cerró el libro y lo metió en el bolso.

-No espero a un hombre.- Los moscones entendieron que esa batalla estaba perdida y se alejaron lenta y poco sutilmente.

-Tal vez te sirva una mujer.- Sin pedir permiso Álex se sentó en el taburete de al lado. Desde su posición pudo comprobar como de corto era el vestido y porque la chica del vestido rojo mantenía las piernas bien cerradas.

-Es difícil saber si eres una mujer bajo toda esa ropa.- Álex solía vestir como la típica mujer de negocios. Ese día los pantalones eran especialmente holgados y el cuello del suéter especialmente alto.

-Yo decido quién ve cuánto. La lista de personas es bien corta.- Acercó el taburete de manera que su rodilla rozaba con la de la chica del vestido rojo.

-Y...- Tragó saliva.- ¿Si yo quisiera estar en la lista...?

-Yo estaría dispuesta a negociar.- Álex apoyó su mano en la rodilla de la chica del vestido rojo y, lentamente, la deslizó por su muslo hasta más allá de los límites de la cortesía. La chica del vestido rojo se tensó. Su respiración se aceleró ligeramente. Se recolocó un mechón de pelo tras la oreja. Negro y ligeramente ondulado, apenas llegaba a la altura de su barbilla, dejando el cuello y el escote totalmente descubiertos.- Vamos.

Álex se levantó del taburete y, sin más ceremonia, rodeó con su brazo a la chica del vestido rojo, instándola a levantarse y acompañarla. La chica del vestido rojo no vio una razón para negarse y dejó que la condujeran fuera del bar hasta un coche. Parecía lujoso pero sin estridencias, pensó la chica del vestido rojo, propio de una persona que sabía lo que quería. Álex le abrió la puerta y, manteniendo la mano en la cadera, le indicó suavemente que entrara. Si hubiera querido negarse, habría tenido que actuar rápido. Sin molestarse en explicar a dónde iban, Álex arrancó y se puso en camino.

-¿Cómo va? ¿Lo estoy haciendo bien?- Álex estaba un poco nerviosa. Nunca había hecho algo semejante.

-Más muy bien, muñeca.- Carmen golpeó el brazo de Álex de manera jocosa.- Claro, que esto de ligar en bares es más difícil con desconocidos. Conmigo ya sabes que la respuesta es sí.- Cogió la mano de Álex y le besó el dorso.- No te pongas nerviosa, todo va bien.

-Vale, me meto en el personaje en 3, 2, 1...- Aprovechando un cambio de marcha, Álex apoyó su mano sobre el muslo de la chica de rojo. La mano se deslizó hacia la ingle. La chica de rojo cerró las piernas. Con un gesto de su boca Álex dio a entender que ese rechazo no le había gustado. Dio una palmada en el mismo muslo.- ¡Abre las piernas, joder!- La chica de rojo obedeció de inmediato. La mano retomó el camino antes iniciado. La chica de rojo abrió un poco más las piernas e inspiró profundamente. La mano siguió su viaje hasta que el dedo meñique topó con una zona donde la piel era más suave.

-Lo siento.- La chica de rojo respiraba aceleradamente.- Lo llevo desprotegido.

-Enséñamelo.- La chica de rojo apartó el vestido.

-¿Ya lo has visto...?- Fue a bajarse el vestido pero Álex se lo impidió poniendo la mano. Se pasó el resto del viaje acariciando con sus dedos meñique y anular el borde donde la piel se volvía rosada. La chica de rojo se dejó llevar y abrió aún más las piernas.

Por fin llegaron a casa de Alex. Una casa de dos plantas, con un destacable jardín con flores de diverso tipo, en las afueras de la ciudad, junto a un bosque, a cientos de metros de cualquier otro ser humano. Álex salió del coche, lo rodeó y abrio la puerta a su invitada, que aún tenía el vestido sobre las caderas. Al intentar bajarlo, Álex le apartó las manos con brusquedad. Metiendo la mano en la entrepierna de su invitada por detrás, usó su antebrazo para indicar a la chica de rojo que avanzara. Con el pulgar le acariciaba el ojete.

Sin mediar palabra, abrió la puerta y guió a su invitada a través del vestíbulo, subiendo por las amplias escaleras, hacia su habitación. Cada vez que la chica de rojo ralentizaba el paso, Álex le apretaba suavemente el interior del muslo. Al llegar junto a la cama la cogió de la mano, le dio la vuelta y la empujó, de manera que cayó sobre el colchón con las piernas y los brazos bien abiertos por la sorpresa.

-Ahora negociamos. ¿Qué me ofreces?- La chica de rojo solo tenía una cosa para ofrecer. Se quitó la chaqueta y luego el vestido levantándolo sobre su cabeza, quedándose solo con los zapatos de tacón.- No es suficiente.- La chica de rojo reflexionó un momento. Pensó que tal vez debía ser un poco más asertiva. Desabrochó el botón y la cremallera del pantalón de Alexandra y lo bajó hasta los tobillos junto con los panties. Levantando un poco el suéter empezó besándola bajo el ombligo y fue bajando por la ingle hasta llegar a los labios.- ¡Para! Si quisiera una puta pagaría por ella.- La chica de rojo se apartó, no le gustaba decepcionar.

-Lo siento, creía que...

-Si quisiera hablar aún estaríamos en el bar.- Se subió los pantalones. Fue hasta un arcón en un lado de la habitación y sacó algunos objetos.- Ponte esto.- Según la chica de rojo se iba poniendo cosas, Álex se iba desnudando. Primero fue el liguero negro alrededor de la cintura. Colgaban una correa delante y otra detrás de cada pierna. Quitándose los zapatos rojos de tacón alto se puso unas medias negras semitransparentes que sujetó con las correas del liguero y unos zapatos negros de tacón medio. Luego una falda plisada negra tan corta que apenas llegaba a cubrir las nalgas. Después una ajustada camisa negra de manga corta tan transparente que no escondía nada. El botón más alto quedaba justo bajo los pechos. Por último un pequeño delantal blanco que no cubría ni la parte frontal de la falda.

-Ya estoy...- Dejó la frase a medias cuando vio que Álex se había desnudado del todo. Sin duda había merecido la pena, tenía un cuerpo alucinante. Extendió la mano para tocar un pecho.

-Ah, ah... Todo esto era para ver. Si quieres tocar...- Sacó algunos objetos más del arcón. A la chica de rojo le sorprendió el salto cualitativo que estaban a punto de dar.- ¡Venga!- El primer objeto era un triángulo de acero que colgaba de un cinturón, también de acero, gracias a dos finas cadenas por delante y otra por detrás. Al ponérselo en la entrepierna le quedaba ajustado sin apretar demasiado, la cadena de atrás escondida entre los glúteos. No tenía candado, el cierre era electrónico. La chica de rojo cerró los grilletes alrededor de sus tobillos, una cadena de apenas medio metro limitaría sus pasos. Una tela suave cubría el lado interior. En sus muñecas puso otro par, con una cadena aún más corta. Fue a ponerse el último elemento pero Álex la paró.- Esto lo hago yo.- Alrededor de su cuello abrochó una correa de cuero. Al frente quedaba un pequeño anillo de acero colgando de una pequeña placa cuadrada. Estaba pensado para adornar más que para colgar nada.- Ahora eres mía, pajarito. Debes llevar...- Hizo una pausa. No pudo contener la risa.- Lo siento esta parte es ridícula. ¿No podemos ir ya a la parte buena?

-Lo estabas haciendo bien. Me estaba encantando.- Carmen abrazó a Álex pasando las cadenas sobre su cabeza.- Un poco más y ya estamos.- La besó en los labios y volvió a su posición anterior.

-Vale.- Puso gesto de seriedad.- Ahora eres mía, pajarito. Debes llevar ese collar siempre y bien a la vista. Te lo puedes quitar solo cuanto te duches o vayas a nadar y puedes taparlo solo cuando haga frío y tengas que usar bufanda. Mientras lo lleves significa que eres mía.

-Pero...

-Calla, pajarito.- Le agarró la barbilla.- Este juego de insinuaciones ha terminado. Eras mía ya hacía meses y ahora lo hago oficial. A partir de ahora me llamarás “mi diosa”.- Agarrando su nalga la atrajo hacia sí y la besó apasionadamente.- Hazlo.

-Sí, mi diosa.- Pajarito recuperó el aliento e hizo la promesa que le correspondía hacer.

-Vale, ¿ahora qué?- Álex abandonó bruscamente el tono autoritario.

-Ahora cada vez que quieras ponerte mimosona, me llamas “Pajarito” y empezamos.- Carmen también abandonó el tono complaciente que había mantenido durante el juego de roles.

-¿Pero entonces esto es lo que te gusta? ¿Cadenas, correas, traje de sirvienta sexy, el cinturón de castidad?

-No, mi diosa.- Carmen besó suavemente a Álex en la boca y el cuello.- Todo eso son símbolos. Todo lo que hemos hecho hoy tiene valor simbólico. La parte real empieza ahora. A partir de ahora, cuando juguemos, lo que a ti te gusta a mi también, lo que a ti te molesta, a mí también. Lo que a mi me guste o me moleste a ti te da igual. Tú haces lo que quieras conmigo y yo no me resisto.

-¿Cómo que lo que quiera? ¿Todo?

-Con tres excepciones: si digo “no”, es “no”; si digo “ahora no”, significa que, tal vez, luego sí; si digo “no lo sé” o “no estoy segura”, significa que no me amordaces por si luego digo que no. ¿Vale, mi diosa? A partir de ahí lo que tú quieras.

-Pero si puedes negarte cuando quieras...

-Tendrás que insistir un poco más o convencerme..., con cariño y paciencia,- Remarcó esta idea.- ...para que cambie de opinión.

-Entonces..., por ejemplo..., podría pedirte que me des placer,- Se señaló la ingle.- ...pero yo no tengo por qué hacer lo mismo. Mi placer es tu placer, pero a mi me da igual el tuyo. Podría dejarte todo el fin de semana con el cinturón.- El cinturón y los grilletes los controlaba Álex con su móvil. Carmen podía hackear el móvil, pero eso arruinaría el juego.

-¿Un cinturón de castidad y grilletes durante días y días, mi diosa? ¿De qué me suena eso? ¿Un dejà-vu?

-¿¡Eso fue lo que te gustó!?- Álex no había contado con ese detalle.

-Me habría gustado si me hubieras pedido permiso, como has hecho ahora...- Reflexionó un momento.- También me gustó cómo hacías el arroz.- Bromeó para relajar el ambiente.- Te doy permiso para que decidas tú. Tienes que hablarme como lo has hecho hoy. Esto no es una cosa física. Las cadenas, la ropa..., eso da igual. Esto es una cosa mental. Tienes que interpretar tu papel para que yo me meta en el mío. Y tienes que ser convincente.

-Por eso no lo haces con tu amigo José. Porque no es convincente.- Carmen asintió.

-No le gusta este papel, y yo no le quiero obligar. Tú, sin embargo, me lo has prometido.- Carmen guiñó el ojo en un gesto picarón. Álex se rascó la frente.- ¿Empezamos?